El estado de felicidad del ser humano no viene dado solo por sus riquezas materiales, sino que es alimentada también por la satisfacción de su necesidad emocional de pertenencia, autoestima y reconocimiento.
Su relación con el entorno social y ecológico, es muy importante para favorecer el estado de bienestar, pero nuestra baja inteligencia emocional nos lleva a focalizarnos excesivamente en suplir las necesidades de autoestima y pertenencia, dejando casi de lado el entorno social y ecológico.
Nuestro desatendido mundo emocional tambien nos ha llevado a descuidar, casi por completo, la tendencia innata del ser humano a la trascendencia, es decir, a sentirse conectado con una realidad más amplia que su propia individualidad, donde sus acciones personales adquieren un sentido.
Otorgar sentido a nuestra vida y aprender a gestionar nuestras emociones forman una parte importante de nuestra felicidad.

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